En la Navidad de 1942, una ambiciosa cinta chilena de dibujos animados de poco menos de una hora, llegaba a una sala de Santiago. Realizada por dos estudiantes de arquitectura, el mismísimo Walt Disney los felicitó cuando, un año antes del estreno, visitó el país. Protagonizado por un cóndor de rasgos populares, la cinta igualmente no funcionó, al punto que el tiempo casi la hizo desaparecer por completo.

Por Marcelo Morales
Editado por Pilar Subiabre

Articulo reeditado para la edición especial de Solomonos Magazine

Sólo con la aparición y popularidad de Disney, la animación logró en Chile un respeto crítico suficiente para ser tomada en serio. Eso fue recién a mediados de los años 40. Una indiferencia previa hizo que primarios intentos locales fueran casi ignorados. Porque a caballo de la bullente producción fílmica que se dio durante toda la década del 20, ya el cine chileno se aventuró en estos rumbos de la animación con películas que hasta hoy son inencontrables.

La primera fue La transmisión del mando presidencial (1921), realizada por Nicolás Martínez y Alfredo Serey; un filme que retrataba el traspaso de la banda presidencial de Juan Luis Sanfuentes a Arturo Alessandri Palma en 1920 y que se estima que no duraba más de 10 minutos. Cuatro años después, la ambición fue mayor. Vida y milagros de don Fausto (1924) animaba la historieta “Amenidades del diario vivir” que aparecía en el diario El Mercurio. Una película dirigida por Carlos Borcosque y con dibujos de Carlos Espejo, la cual se dividía en cinco actos, los que se dieron con intermedios en los cines. No se sabe la duración de ellos, sólo que la función rondaba las dos horas y que se usaron “un millón de dibujos”, según un aviso del diario La Nación. Fueron dos ejemplos que la prensa sólo les dedicó unos cuantos párrafos, pero que aunque se puede sospechar que tenían una técnica no muy depurada, marcan hitos en cuanto a la animación local. Hoy sólo podemos rescatar unas cuantas ilustraciones (ver algunos de estos en el sitio Cinechile.cl). Un primer paso que merece mayor atención y profundización dentro de lo posible.

El tiempo las dejó en el olvido, y de seguro los jóvenes estudiantes de arquitectura de la Universidad Católica de Chile, Jaime Escudero y Carlos Trupp, nunca supieron de ellas cuando se decidieron a seguir esos rumbos animados a fines de los años 30. Inspirados por el innovador y exitoso estilo de la factoría Disney, se dispusieron a levantar una película propia. “15.000 dibujos” se llamó este proyecto que consiguió estrenarse el 24 de diciembre de 1942 en sólo una sala en Santiago, y con apenas una semana en cartelera. Fue un fracaso que hizo que guardaran las latas de cintas para siempre. Muy pocos la vieron completa por entonces y, hace algunos años, gracias a que un pedazo de ella fue usado en el documental “Recordando” (una compilación de algunas cintas chilenas realizadas por Edmundo Urrutia en 1961), podemos ver sólo dos minutos que no tienen su sonido original. Su cuidada y auténtica animación, junto a personajes que en esos segundos demuestran tener una fuerte impronta “chilensis”, dan señales de que estamos ante el eslabón perdido de la animación nacional, una que recién volvió a los cines 60 años después con “Ogú y Mampato en Rapa Nui” (2002). ¿Pero cómo lograron estos dos jóvenes sin experiencia confeccionar esto?

En una valiosa entrevista del año 2004, realizada por Mauricio García Castro en el sitio Ergocomics.cl, Jaime Escudero señala que fue a fines de sus carreras universitarias, en los últimos años de la década del 30, que decidieron con Carlos Trupp aventurarse. La idea básica era crear un personaje chileno auténticamente popular, que se opusiera al conocido Verdejo, ese “rotito” beodo que poblaba la revista Topaze. Una caricatura que con su ensalada de dientes, sus ojotas y su ropa rota, supuestamente representaba el pensamiento del pueblo. Tenía un humor cándido, picaresco, pero jamás rebelde, características que molestaban a Escudero. La respuesta a su intención fue la creación de “Copuchita”, según él, “un cóndor antropomorfo, con sombrero, chaleco y zapatillas blancas, un obrero que trató de representar el roto chileno, pero sin sus defectos”.

A “Copuchita” se sumaron los personajes de “La Clarita”, una guapa y estilizada mujer; un puma de ropas andinas llamado “Mariguel”; y un larguirucho gallo vestido de huaso llamado “Ño Benaiga”, el que parecía enredarse a bordo de su flacuchento caballo “Vivo el ojo”. Son justamente todos estos los que aparecen en blanco y negro en esos dos minutos que se pueden ver hoy en la cinta, animados con una sorprendente naturalidad.

Ese resultado no fue fácil de lograr. En una oficina ubicada en la calle Lira, número 71, fue donde Trupp y Escudero se recluyeron a crear el filme con los pocos recursos con los que contaban. En un principio, tuvieron el financiamiento de la familia de Trupp y una cámara que les facilitó el cineasta René Berthelón, para luego usar una confeccionada por Rodolfo Trupp, tío de Carlos. Según este mismo en un artículo de la Revista Ecran de octubre de 1941, para comprar las tintas y la película vírgen de 35 mm, consiguieron dos préstamos de 5 mil pesos de parte de la recién creada Corporación de Fomento de la Producción (Corfo). Además, “nos hemos ‘batido’ con el producto de algunos trabajillos que hacemos por las noches: planos arquitectónicos, dibujos de propaganda, etc.”, agregaba. Finalmente, unos dineros de la Compañía de Salitre de Chile, donde trabajaba como abogado el padre de Escudero, completaron la producción del filme. Era 1941 y llevaban alrededor de 10 minutos confeccionados, cuando recibieron la mejor venia posible.

El 29 de diciembre de 1941 aterrizó en Chile Walt Disney, quien realizaba una gira por sudamérica. Según sus declaraciones, se trataba de una visita para futuras inspiraciones, pero la realidad era otra. En un mundo en guerra, Estados Unidos usaba la popularidad y su arrastre de Disney (y los de otras estrellas del cine) para que los países de la región se alinearan culturalmente bajo su sombra y no sobre la de los países del eje. Así, en esta visita de sólo cinco días, Disney dibujó fuera del Palacio de La Moneda, se encontró con dibujantes chilenos en las oficinas de la revista Topaze y, vestido de huaso, bailó cueca en el fundo Santa Ana de Quilicura de propiedad de José Ureta, parte de esto se puede ver en el corto “Tour Walt Disney for Chile”, que está en youtube. Pero al día siguiente de su arribo, y tras dar una entrevista en la Radio Nuevo Mundo, Disney supo de la realización de “15 mil dibujos” de boca de Carlos Reyes Corona, agregado de Prensa de Chile en Washington.

Así llegó a Marcoleta esquina Lira, con toda la prensa que seguía sus pasos. El proyecto salió así a la luz pública y Disney, según los artículos de las revistas Ecran y Ercilla, quedó impresionado con lo que habían logrado Trupp y Escudero. “Nos dio varios consejos y nos enseñó un sistema, que no existía en ningún libro, para realizar más rápido la ejecución y filmación de los monos. Por supuesto, lo seguimos, con lo que logramos avanzar más rápido”, recordaba Escudero en 2004. Una jornada que se coronó con una invitación de Disney a trabajar con él a sus estudios.

Esto obviamente no era cualquier cosa e hizo que autoridades del gobierno se interesaran en el proyecto, viendo los avances en diciembre. La impresión que se llevaron hizo que le ofrecieran una beca al “chico Escudero”, el “Disney chileno” (como dijo la revista Ercilla), para irse a trabajar a California. Pero finalmente esto no se concretaría, ya que el ataque japonés a Pearl Harbor ese mismo mes, marcaba el ingreso a la guerra de Estados Unidos, por lo que los viajes aéreos se vieron restringidos.

Era un anticipo de la mala suerte que rodearía desde entonces a “15 mil dibujos”, a la que se le agregarían en su último tramo escenas con actores reales como Edmundo Barbero, Djenana Garbarini, Hugo Ferrufino, Guido Folch, Carlos León, además de una aparición del grupo Los Quincheros. Según un detallado artículo escrito por Colectivo Miope en Cinechile.cl, el filme alcanzó entonces una duración de alrededor de media hora.

Llegaba a su fin 1942 y la película estaba lista para estrenarse. En septiembre se había visto en salas “Saludos”, la cinta donde Disney homenajeaba a Sudamérica y donde Chile era representado por “Pedrito”, un rechonchito avión que cruzaba la cordillera. Ahora, en “15 mil dibujos”, un cóndor de gestos picarones parecía más cercano a la realidad chilena de entonces. Así, los avisos de los diarios hablaban de la “primera cinta animada chilena elogiada por Disney”. Pero nada de eso ayudó mucho en su estreno realizado el 24 de diciembre de 1942 en el Cine rotativo Miami, ubicado en Huérfanos, entre Ahumada y Bandera.

No ayudaron críticas que dijeron que sus animaciones “no tienen más méritos que las de ser un ensayo casi de laboratorio” (Revista Ecran). En el fondo eran crueles y desmedidas comparaciones con las cintas de Disney, tales como “Bambi”, la que se estrenó en Chile el mismo día que “15 mil dibujos”. Una muestra del mal ojo que tuvieron los realizadores para distribuir la cinta, a lo que se sumó el problema legal que tuvieron al firmar primero un convenio con el dueño del cine Imperio, para luego estrenarla en el Miami. Esto hizo que el primero amenazara con demandarlos y hacer retirar la cinta de cartelera. Un conflicto que posiblemente pudo influir en que la cinta sólo se exhibiera hasta el 30 de diciembre. Después nunca más se vio.

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Carlos Trupp la conservó y, en los años posteriores, como señala una revista Ecran de 1948, se convirtió en seleccionado nacional del equipo de waterpolo y dirigió un documental llamado “Santiago de cuatro siglos”, del cual tampoco hay rastros. Se radicó finalmente en Estados Unidos, hasta su muerte en 1982. Viajes que probablemente fueron mermando el filme, del que sólo quedaron extractos y ensayos que hace poco fueron digitalizados por su nieta Kylie Trupp, con ayuda de la Cineteca Nacional y de la Universidad de las Américas, donde justamente estudia animación digital. Un material increíble que ella subió a su canal de youtube.

Jaime Escudero, después del estreno, volvió a la universidad a titularse de arquitecto y con el tiempo se convirtió en un destacado ilustrador. Fallecido el 7 de diciembre de 2012, con un alzheimer a cuestas, no consideraba al filme como un hito en su carrera, a tal punto que no recordaba de qué trataba.

Al respecto, con esos dos minutos dorados de “Recordando” y con los fragmentos hallados, nada se puede aventurar. Como tampoco decir con certeza si efectivamente Pepo se inspiró en “Copuchita” para crear “Condorito” en 1949. Comparándolos, es probable que sí, pero no hay certeza de que Pepo haya sido uno de los pocos que la vio en cines. Todo es ficción e ilusiones. Esas mismas ilusiones que nos llevan a seguir esperando el milagro de que “15 mil dibujos” aparezca, una vez más, completa frente a nuestros ojos. SM