La pintura y los cómics han sido fieles testigos de su vida. Y es precisamente en ellos en los que ha demostrado que no tiene nada que ocultar. Bien lo saben sus seguidores. Y es que Marcela Trujillo ha ilustrado todos sus altibajos a través del óleo, grafito, acuarela y tinta china. Con la misma honestidad plasmada en sus obras, y sin pelos en la boca, ella nos habla sobre el trasfondo y las vivencias detrás de sus trabajos. Esta es su historia, éste es parte su legado.

Por Francisca Gubernatis

Entre locales de respuestas de auto en plena avenida Matta en Santiago, en el segundo piso de la tienda de electrónica de sus padres, se encuentra el refugio de Marcela Trujillo. Un loft luminoso lleno de colores, pequeñas figuras de Chinatown, pinturas de todos los tamaños, cómics enmarcados, óleos, pinceles y tinta china. En este taller se respiran los dos mundos de esta artista, sus dos álter ego: Maliki, la dibujante de cómics y Trukillo, la pintora. Es precisamente ahí, donde Marcela nos recibe para hablarnos sobre su pasado, presente y futuro.

Por años sus pinturas e historietas han mostrado lo que ha sido su vida, sin ocultar sus inseguridades ni fracasos. Una pluma que busca contarlo todo sin censura y ha hecho historia en el cómic chileno. Es por ello que para entender su obra, necesariamente debemos hablar de su vivencias, las que se van entrecruzando a veces en sus viñetas y, en otras ocasiones, en sus óleos y acuarelas.

Ésta es un recorrido por su historia, el diario íntimo de Marcela Trujillo.

Capítulo 1: Una polémica primera incursión

Provocar. Eso era parte del juego de Marcela cuando tenía 19 años y estudiaba Artes Visuales en la Universidad de Chile. Una especie de rebelión contra la sociedad que la rodeaba, en donde horrorizar era parte de la idea. Algo que buscaba mostrar no sólo en su discurso, sino también en su apariencia. Un par de bototos estilo militar, ropa teñida de negro con anilina Mont Blanc, un collar de puntas metálicas, espirales pintadas en sus párpados y su pelo rapado a los lados, levantado con laca y teñido de negro con tinta china. Era su época punk, la etapa en que intentaba ocultar el hecho de ser mujer. “Lo que más me gustó de haber sido punk fue dejar de ser femenina. Era un hombre. Lo disfruté mucho porque sentía que ser mujer era una carga”, dice.

Y es precisamente en este momento, a finales de los años ochenta, en donde dibuja sus primeros cómics. Cuando iba en segundo año de universidad, Álvaro “Huevo” Díaz le propone que trabajen juntos para una nueva revista chilena de cómics para adultos: El Trauko. A lo que Marcela accede; por lo que él haría los guiones y ella, los dibujos.

—No sabía nada de dibujar cómics— recuerda—. O sea, tengo dibujos guardados desde que tenía 5 años. Eran dibujos de cosas que me pasaban a mí o que yo miraba. Pero nunca hice cómics donde yo contara una historia secuenciada. Pero yo leía muchos cómics cuando chica: La Pequeña Lulú, El Pato Donald, Condorito.

Es así como empezó a dibujar y no paró durante dos años aproximadamente. Y gracias a los editores de la publicación, Marcela comenzó a conocer una serie de cómics de autores europeos y estadounidenses que la inspirarían y motivarían. Pero uno de ellos llamó especialmente su atención: Robert Crumb, uno de los fundadores del cómic underground y una de las figuras más destacadas de dicho movimiento. “Alusiné. Me venía como anillo al dedo, porque esa era mi postura política del momento: ser revolucionaria, pero en contra de la sociedad”, dice mientras sonríe.

El Trauko publicó una serie de historias de Marcela y Huevo, en donde los protagonistas eran hombres punk y estaban drogados o con las copas pasadas. No eran historias muy lineales y Maliki reconoce que ni ella las entendía mucho.

Pero algo sucedió en la edición Nº19 de la revista y no pasó desapercibido por nadie en Chile. En esa ocasión, los diálogos del Huevo y los trazos de Maliki harían historia mostrando una parodia del nacimiento de un Jesús barbudo. En las viñetas, bajo el nombre de “Afrod y Ziako en: Noche güena”, no sólo se veían escenas explícitas del parto de la Virgen María, sino que también aparecía el Viejo Pascuero, y los Reyes Magos les llevaban marihuana y alcohol. Por lo que la revista fue censurada, el caso salió en las noticias, requisaron todos los números de los quioscos y le hicieron un juicio a la revista. “Era una pelada de cable. A nosotros nos daba mucha risa poder hacerlo y tampoco sabíamos quién veía esto. Por lo que nos llamó la atención que los militares y el equipo como de censura leyera la revista. Eso es lo que nos pareció lo más alucinante de todo. Pero quedó la embarrada”, recuerda.

Por una mezcla entre aquel hecho, su pasión por la pintura y por la demanda de tiempo que le exigía el cómic, es que Marcela decide dejar de dibujar viñetas y no soltar más el acrílico y su pincel. Pero no pasaría mucho tiempo antes de que volviera a hacer un guiño al mundo del cómic.

Cuatro años después, Marcela comenzó a preparar su tesis: una revista inventada llamada “Brillo”. En ella recolectó todo el trabajo plástico que realizó durante su periodo universitario, agregando  algunas obras nuevas. Además de ello, creó un cómic en el que aparecían sus compañeros, profesores y ella. Aquellas viñetas se transformaron en su primera historieta autobiográfica. “Pero tampoco sentía que quería dibujar cómics, lo encontraba entretenido y nada más”, afirma.

Luego de unos años, varias pinturas y algunas exposiciones, Marcela visita Nueva York con una de sus hermanas. Aquella visita sería como amor a primera vista. Por lo que transformó a la ciudad de la gran manzana en su nuevo hogar.

Capítulo 2: Los locos años de Nueva York

En sus primeras semanas en Nueva York, Marcela no sólo conoció la ciudad, sino que también a los que se transformarían en parte de sus grandes referentes en el mundo de las historietas: Aline Kominsky, Daniel Clowes, Julie Doucent.

Pero en ese momento su norte era la pintura. Por lo que después de tomar un curso de inglés como segunda lengua, se inscribió en The Art Students League of New York para aprender más sobre su gran pasión. En el mismo lugar donde alguna vez estudiaron artistas como Jackson Pollock, Georgia O’Keeffe y Mark Rothko. Luego de tres mentores, Marcela encontró al suyo: William Scharf, un pintor del expresionismo abstracto quien había sido ayudante de Rothko. Él cambiaría completamente su visión sobre la pintura. Lo que después la encaminaría nuevamente a las historietas.

—Comencé ver la pintura como algo plástico. Al principio mis pinturas siempre tenían un significado que ver con mi familia o con mi novio. Entonces cada vez más empezaron a tener menos significado. Llegó un momento en que las pinturas se transformaron en algo completamente plástico y estaba bien, me gustaba. Pero como que necesitaba esa cosa de contar historias. Por lo que busqué eso en el cómic —afirma.

Fue así como dejó de relatar sus vivencias en la pintura y, de manera muy paulatina, el cómic comenzó a agarrar fuerza en su vida. Pronto empezaría a contarlo todo y sin censura.

Era su último año estudiando en The Art Students League of New York y Marcela estaba preparando su última pintura para la escuela. Poco a poco comenzó a dividir una tela en distintas partes, pintando en algunas una cosa y en otras, una escena distinta, formando como unos patchwork de pintura. “Y empecé a hacer eso y en uno de esos espacios dije ‘ah, voy a hacer un cómic ahí’, pero no quiero copiar el cómic de alguien, sino que voy a hacer uno mío. Entonces cuando iba a inventar un personaje, sentí que tenía que inventar una niñita como los personajes de Miyazaki”, añade. De hecho, el director y animador japonés, por muchos años, fue una mezcla de obsesión e inspiración para la artista.

Es así como Marcela inventa a una niña pequeña que usaba la ropa que ella vestía en esa época, un chaquetón de piel con unas botas de goma. “Y era yo chica, como un poco Mafalda y le puse unas ampolletas en la cabeza, porque ella era una superheroína que ayudaba a los artistas a cambiarle las ampolletas cuando se les quemaban y no se les ocurrían ideas. Era como un personaje de fantasía”, recuerda. Así, en 2001, nace Maliki.

Al poco tiempo, la artista queda preseleccionada en un concurso en el Bronx Museum para mostrar sus pinturas llenas de colores y juguetes frente a cinco artistas de arte conceptual.

—Estaba ahí y era la última en presentar. Los otros preseleccionados hablaban, hablaban y hablaban, y los artistas les preguntaban y comentaban. Y me toca a mí. Lo único que recuerdo es que me sentí completamente absurda, ridícula, como que nada tenía mucho sentido. Sentía que todo lo que yo decía a ellos, no le interesaba. Nadie me preguntó nada. Para mí fue como un balde de agua fría —confiesa.

Mientras que esta experiencia la hizo dudar sobre sus habilidades en la pintura, sus cómics de corte más amateur estaban comenzando a tener un buen feedback entre artistas del rubro y en su círculo de amigos, a quienes les regalaba cómics en donde ellos aparecían. Por lo que decidió guardar sus pinturas en una caja dentro del clóset y pensó que nunca más pintaría.

Al mismo tiempo, otro cambio surgió en la vida de Marcela que impactaría en su trabajo. Luego de terminar con su novio, bajó cerca de 30 kilos. En ese momento, le comenzó a gustar la imagen que tenía de sí, por lo que empezó a salir a fiestas y a dibujar sobre las cosas que le pasaban en ellas y todos los chascarros amorosos que experimentaba. Imitando e inspirándose en las plumas de Julie Doucet, Aline Kominsky, Phoebe Gloeckner y todas las dibujantes que contaban sus aventuras y desventuras con lujo de detalles.

—Todos mis cómics eran con lápiz de tinta y llenos de corrector. Nunca hacía un boceto ni nada. Era muy salvaje, pero lo contaba todo. Empecé a contar cosas sexuales, como privadas. Y eso fue lo máximo, porque yo no sabía si me iba a atrever a hacerlo y lo hice. Era bacán. A mí me encantó hacerlo —afirma.

Marcela se había liberado y sabía que tenía que aprovecharlo. Pero en ese momento nunca imaginó lo que vendría a continuación. En un acto de reunir todos los cómics que había hecho durante este tiempo, armó un pequeño libro y mandó una copia a su hermana de regalo. Al recibirlo, ella se lo mostró a uno de sus amigos, quien era editor en The Clinic, semanario chileno que se caracteriza por mezclar sátira y humor político con crítica social. Las viñetas de Maliki llaman su atención, por lo que le escribe a la artista, invitándola a publicar en el medio. Para Marcela esto significaba dar un gran paso: ser una dibujante de cómic profesional. Por lo que acepta y de inmediato se pone a trabajar.

—Yo quería hacer cómics que llamaran la atención y que fueran rupturistas. Entonces los primeros cómics que hice fueron acerca de sexo, que era el tema que yo estaba viviendo en ese momento. Por supuesto que con el nivel de detalle del dibujo, con lo honesto de la cuestión, lo crudo del tema y al ser hecho por una mujer, hizo que llamara mucho la atención y me hice muy conocida con esos cómics —señala.

Gracias a estas publicaciones, Maliki recibe una serie de correos electrónicos de los lectores que querían opinar sobre lo que estaba haciendo en The Clinic. Nunca antes le había sucedido algo así. Y es este feedback con el que se da cuenta de que ya era momento de volver a Chile. Pero antes, haría un viaje al viejo continente.

Capítulo 3: Recorriendo el nuevo mundo de Marcela

En su viaje a Europa, no sólo conoció Londres, París, Hamburgo y parte de España, sino que se reencontró con el Huevo, se enamoraron y, sin planearlo, Marcela quedó embarazada de Lulú. Por lo que luego de volver a Chile, decide irse a Alemania y casarse con el padre de su primera hija.

—Yo súper ingenua, no sabía nada de ser mamá. Y desde que nació la Lulú, de ahí para adelante, comenzó la pesadilla. Además, no conocía a nadie, entonces caí en depresión. Todo lo que había vivido, el arte, los amigos, la cultura y la independencia económica, todo eso, chao. Y yo estaba sola en Alemania y la Lulú era muy linda y todo, pero yo estaba desesperada —recuerda.

Poco a poco, dejó de lado el mundo de los cómics para entrar de lleno a la pintura. Ella lo necesitaba para salir a flote, para sentirse mejor. Además, su vida era muy rutinaria para contarla en viñetas y, de alguna manera, tampoco quería hablar mucho de sus intimidades.

Pero no pasó mucho tiempo para que la familia decidiera empacar sus maletas y volver a Chile, a pesar de que él no quería.

Capítulo 4: Querido diario

“A partir de ahí, todo funcionó para mí: tenía un taller, me puse a pintar, me ofrecieron publicar cómics, vendí unas pinturas. Pero, entonces, mi relación comenzó a hacer aguas por todas partes y nos separamos”, afirma.

Un poco antes de la separación, Marcela queda nuevamente embarazada, comienza a trabajar como profesora universitaria, hace exposiciones y saca su primer libro junto con Feroces Editores: Las Crónicas de Maliki 4 Ojos (2010). En él compila todos sus trabajos publicados en The Clinic y todos los cómics que había hecho sobre su vida como mamá.

Al poco andar, salió una nueva oportunidad editorial de la mano de RIL Editores. Sólo tenía un par de meses para crear el libro. Marcela no sabía qué hacer y si alcanzaría. Pero, de pronto, una idea vino a su mente gracias a el trabajo de Julie Doucet: crearía su primer diario de vida con lápiz de mina. “Era escribir y dibujar sin tener un boceto. Luego de que terminaba una página, le ponía fijador y la metía en una carpeta. Listo. Y en tres meses, tenía 200 páginas. Y eso lo inventé porque tenía una fecha límite”, señala sobre la creación de El Diario Íntimo de Maliki 4 Ojos (2011). Esta publicación tenía que ver con su divorcio y todo lo relacionado a esta difícil etapa para la artista.

—Para mí, la separación fue mucho más larga que mi matrimonio. Después de un tiempo él se puso a pololear con otra mina y toda su vida se arregló. Yo me volví loca. ¿Cómo con ella y conmigo no? Quedó la cagada y yo terminé con depresión. Eso fue lo que dibujé en el diario. Y él se enojó mucho y me quería demandar. Pero en realidad yo estaba contando mi experiencia con la separación y los juicios. Además su nombre no salía nunca.

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“Autoretrato en mi taller” Acrílico sobre tela, Brillo, 1993

Cortometraje “Planeta Melmaugen” (2011)

Cortometraje “Maliki’s Metamorphosis” (2001)

CFF, Ciencia Ficción Femenina, MAVI (2011)

“Quiero ser Flaca y Feliz” Editorial Planeta (2015)

Al final, Marcela no fue demandada y sacó dos libros más: El Diario Iluminado de Maliki 4 Ojos (2013) y Maliki en Tinta China (2013).

En paralelo entre publicación y publicación, Marcela comenzó a engordar mucho. Por lo que decide unirse al Grupo de Obesos en Control de Excesos (GOCE). Esto la cambiaría por completo, ayudándola no sólo a perder peso, si no que a reorganizar toda su vida. Pasó a ser algo tan importante para ella que sentía que debía hacer un libro sobre todo lo que había aprendido en el grupo. Así es como se asoció con la psicóloga de GOCE, Karolina Lama y crearon Quiero Ser Flaca y Feliz (2015). Era la primera vez que la artista trabajaba en conjunto con alguien. “Era una apuesta, porque no existía ningún libro de autoayuda con dibujos, que mezclara el tema con cómics. Por lo que llamó mucho la atención y el libro fue súper ventas. Y ahora se va a publicar en Uruguay también”, afirma.

Con la publicación de todos sus libros, el cómic se transformó en su profesión más importante. Y trajo consigo algo que siempre había buscado y, que ella confiesa, nunca lo logró con la pintura: invitaciones al exterior y, por sobretodo, el reconocimiento. “La pintura es un lugar donde me siento completamente en confianza, es como un hogar. Mientras que el cómic sigue siendo para mí un espacio donde puedo decir, reír y crear. Y con los libros se me abrió otro mundo”, enfatiza.

Capítulo 5: Maliki y la animación

Luego de su regreso a Chile, Marcela realizó una serie de exposiciones. Pero, en cierta manera, una de la que más la marcó fue Maliki versus Trukillo (2008). En ella se mostraba su disyuntiva entre ser pintora y ser dibujante de cómics. Sin embargo, algo faltaba para unir estos dos mundos y es aquí donde entró en juego un tercero, el que había sido poco explorado por ella: la animación.

Durante su estancia en Nueva York, Trujillo realizó un curso de animación en School of Visual Arts (SVA). “Cuando yo estaba estudiando en la SVA hice un animatic que, cuando volví a Chile, lo mostré en el MAC con música de la Brigitte Bardot: Maliki’s Metamorphosis. Ahí me di cuenta que es muy difícil hacer animación”, señala.

Luego de un tiempo, Marcela conoce a Luis Acosta en una de sus clases en la universidad. Él era uno de sus estudiantes.

Al final de una jornada, Luis se acerca a ella y le muestra su examen de grado. Era una animación con la que Maliki alusinó y la hizo querer hacer una para la exposición que estaba preparando. Pero necesitaba ayuda para realizarla. Por lo que la artista se reunió con Luis y conformaron un grupo de trabajo junto con Paul Badilla y Diego Cumplido.

—La historia era Maliki versus Trukillo. Maliki era los cómics y Trukillo era las pinturas, que era el nombre con el que firmaba antes de irme a Nueva York. Maliki tenía que ser un personaje como divertido, como mí, y el otro, uno más artista, más engreído, más snob —relata —. Porque al final esto era como quién soy yo, ¿soy dibujante de cómics o pintora?

Las referencias más importantes para llevar a cabo este cortometraje fueron las animaciones de Popeye. En base a todo ello, el grupo trabajó durante 6 meses en esta animación de dos minutos y medio, que se expuso en conjunto con las pinturas y los cómics en la Galería Gabriela Mistral. “Ellos me enseñaron animación, porque lo que en verdad aprendí en el SVA fue cómo hacer un storyboard. Pero yo no sabía nada sobre cómo animar. Era muy difícil y ellos eran muy buenos. Pero creo que si yo tuviera otra vida paralela, podría trabajar en esto”, advierte.

Capítulo 6: Cruzando el bosque oscuro

Por estos días, Marcela se encuentra en medio de un nuevo desafío: hacer su primera novela gráfica. “Entré a la ficción sin querer y nunca lo había hecho antes. A mí me encanta, por lo que en algún momento tenía que llegar a ella. Ha sido un cambio como del cielo a la tierra, pero de inseguridad total”, afirma.

Todo comenzó en 2014, cuando la dibujante se encontraba en un congreso de cómic en un país latinoamericano. Inesperadamente tuvo un romance que la hizo sentir vulnerable por primera vez. Al regresar a Chile, decide escribir la historia y se la muestra a su círculo más cercano y otro, no tanto.

—Una editorial española quería que hiciera un libro, entonces les propuse esta historia. Pero ellos dijeron que no sabían si les gustaba, como que no encontraban que fuera una buena historia para entrar al mercado europeo. Pero entremedio apareció Random House, les conté esta historia y les encantó —señala.

Por lo que en paralelo a Quiero Ser Flaca y Feliz, Marcela se pone a trabajar en esta nueva propuesta. Como todos sus cómics, Marcela va entregando cada detalle de lo sucedido sin pelos en la lengua. Pero en esta ocasión algo tiene que cambiar, se da cuenta de que no puede contarlo todo, ya que su amante está casado. En un comienzo decide sólo darle otro nombre y cambiar de país del festival.

No obstante, la ficción comenzaría a gobernar la historia. Poco a poco, empezaron a aparecer personajes que no eran de la vida real, sino que eran de los cómics de los otros autores invitados al evento. Junto con ellos, aparece la pequeña Maliki, quien se hace amiga de una Santa que la va aconsejando. “La historia sucede en Lima, donde hay muchas iglesias y también hay muchos santos y santas. A mí me seduce mucho el tema de la imagen religiosa, por lo que decidí incluirla en la historia”, agrega.

Luego de casi un año haciendo el storyboard, dibujando con tinta china e investigando sobre las santas, la mortificación y Noruega, algo sucede que paraliza el proyecto por completo.

Marcela decide volver a enviar la historia, con este vuelco a la ficción a los editores españoles. Ellos, otra vez, la rechazan. “Y eso a mí me desmoralizó. Tengo muy poca tolerancia al fracaso. Y pasé por una crisis más o menos, porque los tipos me dijeron ‘No nos gusta esta historia. Te queremos publicar, pero no con esta historia’”, confiesa con una voz titubeante.

En plena Feria Internacional del Libro de Santiago (FILSA), en noviembre de 2015, Marcela se acerca al editor de Random y le presenta sus preocupaciones, quien le dice que hiciera lo que estimara conveniente: si quería cambiar de tema y formato, que lo hiciera. Por lo que la artista  decidió hacer un tercer diario contando esta historia, sin ficción alguna más que el nombre de su amante.

Ya llevaba cuatro o cinco páginas cuando otro hecho hizo que este proyecto volviera al camino de la ficción. “Escuché un podcast y me cambió la vida”, advierte. Éste era Out on the Wire de Jessica Abbel. El episodio que la impactó se titulaba The Dark Forest. En él, Abbel hablaba sobre las etapas que tienen las personas que trabajan en ámbitos creativos y se meten a proyectos grandes, que pueden ir desde el entusiasmo a la desilusión.

—En una primera instancia del proyecto, uno está alucinado. Pero llega un momento en que se comienza a poner pesado y empiezas a creer que no es tan bueno y dudas. Y de repente comienzas a sentir que está malo, que tú eres la mala, empiezas a poner en ti todas las dudas y la negatividad. Y hay una crisis y eso es como entrar en the dark forest [un bosque oscuro]. Entras a un lugar solitario y lleno de miedo. Pero no es el final del camino, es la mitad. En un gran camino siempre hay un dark forest. Escuché eso y yo dije, eso es lo que me está pasando con este libro— relata Marcela —.Ahora decidí que voy a continuar con la novela gráfica. Retomé todo y ahora volví a trabajar en la historia. Pero tengo mucho por delante. Estoy en el dark forest ahora, estoy cruzándolo. SM