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En la nueva era de vida civil todo hay que inventarlo o cuando menos todo hay que mexicanizarlo. El ejemplo irresistible e irrefrenable proviene de los Estados Unidos y sus pujantes industrias culturales. Y así como a otros les toca inventar la radio mexicana, el cine mexicano, el swing mexicano, los cómics mexicanos o los ice cream mexicanos, al otorrinolaringólogo le toca inventar los dibujos animados mexicanos.

Los primeros dibujos animados producidos en México datan de los años treinta del Siglo XX y los pioneros nacionales del género son Salvador Pruneda, Bismark Mier, Salvador Patiño y Carlos Manríquez; todos ellos formados en estudios de los Estados Unidos, como el de los hermanos Fleisher, la Metro Goldwin Mayer y en Walt Disney.

Carlos Maríquez y los primeros intentos de un estudio de animación

Entre 1928 y 1930, Carlos Manríquez trabaja para Disney como ayudante de Emil Flohri, entonces jefe del departamento de escenografía. Luego, en 1934, intenta fundar un estudio de animación en México con apoyo gubernamental: escribe al en ese entonces Presidente Lázaro Cárdenas solicitándole “fondos para emprender en México el negocio de las caricaturas animadas”. Días después recibe un telegrama que le informa que su solicitud ha sido remitida a la Secretaría de Gobernación. Nada se vuelve a saber del asunto, de manera que este artista permanece en Hollywood hasta finales de los años cincuenta, donde colabora con Disney y otros estudios, como Warner Brothers. Tendrán que pasar muchos años para que regrese a México, hasta los años sesenta, cuando se incorpora a Gamma Productions, la empresa que maquila para la televisión norteamericana la legendaria serie “Rocky and Bullwinkle”.

Salvador Pruneda, una película que quedó en el intento

En 1919, Salvador Pruneda tiene su primer contacto con los dibujos animados en Hollywood, donde conoce a otros mexicanos que también trabajan en la industria, como Bismarck Mier y Salvador Patiño.

Dos años después, regresa a México y crea la historieta “Don Catarino y su apreciable familia”, que publica el diario El Heraldo. Pero, por su postura política, se ve obligado al exilio y se establece en Los Ángeles, donde permanece cinco años.

En 1923 asiste en Hollywood a las primeras pruebas de sonorización cinematográfica y colabora en Walt Disney. A su retorno a México, en 1928, ha adquirido la suficiente pericia técnica para establecer un estudio que produce noticieros, cortinillas, títulos y traylers para la industria cinematográfica; colaboran con él sus compañeros de Hollywood, Bismarck Mier y Salvador Patiño. Aquí Pruneda inicia la adaptación al cine de dibujos animados de su historieta “Don Catarino”. Asegura a la prensa de la época, “No es una prueba lo que vamos a hacer, pues ya hemos hecho lo suficiente para estar seguros de que el trabajo que saldrá de este estudio será tan bueno como el mejor americano […] una sinfonía tonta a la mexicana [puede] tener un éxito loco”.

Pese a que Moisés Viñas asegura en su “Índice Cronológico del Cine Mexicano” que el corto se estrena en 1934, lo más seguro es que haya quedado inconcluso. Carlos Sandoval —quien conoce a Pruneda y sus colaboradores precisamente en el momento en que están produciendo esta pieza—, afirma que llegó a ver “ocho o diez segundos” del experimento, “que desgraciadamente sólo quedó en el intento”.

Alfonso Vergara Andrade y el nacimiento de AVA

En 1935, Alfonso Vergara Andrade, un médico de origen vasco especializado en otorrinolaringología y aficionado al dibujo, la pintura, la fotografía y el cine, abre el que terminaría siendo el primer estudio de animación exitoso de la ciudad de México: El Estudio AVA, bautizado así por las iniciales de su promotor.

El doctor Alfonso Vergara pertenece a la generación formada en los años inmediatos a la etapa armada de la Revolución Mexicana; una generación anhelante de paz y confiada en las promesas de modernización que anuncia el Siglo XX.

En la nueva era de vida civil todo hay que inventarlo o cuando menos todo hay que mexicanizarlo. El ejemplo irresistible e irrefrenable proviene de los Estados Unidos y sus pujantes industrias culturales. Y así como a otros les toca “inventar” la radio mexicana, el cine mexicano, el swing mexicano, los cómics mexicanos o los ice cream Imagen de la película “Los Cinco Cabritos” mexicanos, al otorrinolaringólogo le toca “inventar” los dibujos animados mexicanos.

Con recursos obtenidos aliviando narices, oídos y gargantas, el doctor Vergara acondiciona su taller de dibujos animados en la azotea del edificio donde además tiene su consultorio y su casa habitación. “Nunca supimos de dónde le nació al doctor la inquietud de hacer dibujos animados. No tenía antecedentes técnicos ni tenía capital”, cuenta Carlos Sandoval, quien se incorpora a la empresa en 1936.

Sus primeros aliados son Antonio Chavira —con experiencia en el medio como productor de títulos y créditos— y Francisco Gómez, un joven intrigado por la química de la fotografía. A estos pioneros debemos los primeros revelados en color hechos en la ciudad de México, realizados en 1936, precisamente en el cuarto oscuro construido en los altos de la clínica.

El doctor Vergara y Francisco Gómez construyen la primera cámara de animación “mexicana” adaptando una vieja Pathé de manivela a la que le añaden un motor de un cuarto de caballo. Como ni siquiera imaginan las mesas de luz fría, para “sincronizar” sus dibujos acoplan unos marcos de madera con cristales incrustados e iluminados con focos incandecentes, que al calentarse obligan a interrumpir el trabajo a cada instante. Hasta que advierten, merced a una fotografía publicada en la prensa, que el registro de los dibujos se consigue mediante clavijas: los pupilos del doctor dejan de recurrir a los clips que rudimentariamente utilizaban para ese propósito.

Al principio, los animadores no trabajan con hojas de celuloide sino con papel copia. Pero gracias a que un paciente del doctor que era ejecutivo de Columbia Pictures, les facilita unos cortos de Charles Mintz, los trabajadores de AVA disponen de auténticas cintas de dibujos animados para su estudio. Armados con lupas se dan a su examen. “Era como estar haciendo la disección de un cuerpo. ¡Allí estaba la revelación de los misterios que nos rodeaban!”, cuenta Carlos Sandoval. Su principal descubrimiento es que no se necesitan 24 dibujos por cada segundo de película, bastan doce.

Completan sus lecciones observando una y otra vez las películas de Popeye, Betty Boop, Mutt y Jeff, el Conejo Oswald, el gato Félix o las de Mickey Mouse, que por entonces se exhiben en los cines de la capital mexicana. Y con aquellos recursos y esas influencias, el Estudio AVA produce “Paco Perico en premier”, la primer cinta mexicana de dibujos animados. La película pionera del género dura cinco minutos, está realizada en blanco y negro, y se termina entre 1934 y 1935. Comparte la atmósfera surrealista característica de las animaciones norteamericanas de la época y carece casi por completo de referencias mexicanistas —uno de los elementos centrales del humor de la época.

A “Paco Perico en Premier” sigue una primera versión de “El tesoro de Moctezuma”. Paco ya tiene compañera: Catita, una perica con un sensual cuerpo de mujer, inspirada en la Bety Boop de los tiempos previos a la supresión de la sexualidad en la animación estadounidense. La aventura donde los Perico buscan un tesoro azteca, supuestamente oculto en las pirámides de Teotihuacán, se estrena el miércoles 25 de diciembre de 1935 en el cine Mundial.

A propósito escribió el crítico Luis Cardoza y Aragón en su columna en la revista TODO: “Sorpresa fue encontrarnos con la primer cinta mexicana de dibujos animados […] terriblemente idiota ¡Qué mal dibujada! […] ¡Qué argumento! Es cierto que es de los primeros ensayos, lamentable en todo sentido. La mediocridad se hace sentir con mayor violencia que en el caso de los films con actores”.

La crítica no parece haber hecho mucha mella en los entusiastas pioneros. La tercera producción del Estudio AVA es “Noche mexicana”. Se trata de un corto ya totalmente mexicanista, que se desarrolla durante la tradicional posada navideña de los Perico. Una vez que los anfitriones abren la puerta a sus invitados son desplazados de la escena por una variopinta fauna de claro origen disneyano; sobre todo por un mal encarado y salvaje macho mexicano. En la secuencia más memorable del film, y una de las más irreverentes de la historia de nuestro cine, las águilas del escudo nacional que adornan unos tarros de cerveza cobran vida y, utilizando como popotes a las serpientes del emblema, beben el fermento poniéndose una patriótica borrachera.

Para la realización del corto se incorporan al estudio los dibujantes Leopoldo Zea Salas y Bismarck Mier. La experiencia de este último artista, tanto en Los Ángeles como en el estudio de Pruneda, explica la técnica más depurada de este film.

Mier dirige la cuarta película de AVA: “Los cinco cabritos y el lobo”, versión mexicana de “Los tres cochinitos” de Walt Disney (1933). Este primer film a color del doctor Vergara se produce por medio de un proceso llamado “Cinecolor” o “Bicolor”, que a diferencia del Technicolor, basado en combinaciones de los tres básicos —verde, rojo y azul— sólo registra los dos últimos.

A partir de este corto, el estudio cambia su nombre por el de AVA-Color. El periodista Glieb, anuncia jubiloso en su columna de la revista TODO en octubre de 1937, que el nuestro era el primer país del mundo en realizar una “caricatura” a color fuera de los Estados Unidos y destaca el nacionalismo de la película: expresado no sólo por la presencia escenográfica del Popocatépetl y el Ixtaccíhuatl, “es mexicana la cabaña de los corderitos, con piso de ladrillo, sillas de Cuernavaca, trastero con jarros oaxaqueños”. Como en otras ramas del arte y la cultura de los años treinta, el nacionalismo parece la ruta.

La siguiente producción de AVA-Color es “La vida de las abejas”. El primer dibujo animado nacional con pretensiones educativas, ya combina humor, didactismo y una historia edificante, que serán elementos característicos de esta vertiente del género. La película de ocho minutos explica al público infantil como se producen miel y cera, siendo al mismo tiempo la historia de un zángano, flojo y oportunista, que tras una serie de vicisitudes se convierte en un entusiasta trabajador.

Dos cortos publicitarios de la popular Sal de Uvas Picott (un efervescente a base de bicarbonato de sodio que aliviaba agruras, acidez e indigestión) realizados entre 1938 y 1939 completan la obra de AVA: “El Jaripeo” y una segunda versión de “El Tesoro de Moctezuma”, ambos protagonizados por Chema y Juana, la pareja ranchera creada por Cesar Berra en 1932 para el cancionero que editaba cada año el efervescente. La línea argumental básica consiste en que después de una serie de salvajes banquetes y divertidas aventuras, Chema termina padeciendo una tremenda indigestión que Juana alivia con los polvos del patrocinador.

Pese a que la técnica de los últimos cortos se ha depurado enormemente, AVA-Color cierra sus puertas en 1939 y el doctor Vergara se retira de los dibujos animados. Del legendario equipo sólo Bismarck Mier y Carlos Sandoval persisten en el género cinematográfico.

En 1941, ambos se integran a la compañía Producciones Don Quijote, fundada por el empresario español Julián Gamoneda. Este estudio realiza unas cuantas secuencias de dos proyectos: “Una corrida de toros en Sevilla” y “El Charro García”. Tras esta aventura, Bismarck Mier abandona el cine animado para dedicarse por entero a la historieta. Carlos Sandoval, en tanto, persistiría, participando en prácticamente todas las empresas importantes de dibujos animados que se desarrollan en el Siglo XX, hasta su retiro, a mediados de la década de los ochenta. SM