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Los últimos años han sido extremadamente fructíferos para la animación brasileña, que ahora disfruta de un reconocimiento artístico y comercial, en una escala sin precedentes. Series de televisión como “Peixonauta” y “Meu Amigãozão” están siendo exhibidas en decenas de países en los cinco continentes, gracias a un modelo de negocio que ha traído hasta ahora las coproducciones internacionales.

Los dos últimos vencedores del máximo galardón en el Festival de Annecy son brasileños: “Uma História de Amor e Fúria” (2012), de Luiz Bolognesi, y la más reciente “O Menino e o Mundo” (2014), de Alê Abreu.

Estos hechos son extraordinarios, pero son producto de una larga y sinuosa trayectoria respecto a esta actividad en el país, que en 2017 completará un siglo de existencia.

xisten registros que confirman la existencia de pequeñas viñetas animadas en los noticieros brasileños en 1907, pero fue solo hasta diez años después que el primer film animado fue lanzado en las salas de exhibición. “O Kaiser”, que se estrenó en enero de 1917 en el Cine Pathé, de la cinelandia carioca, marcó el punto de inicio de la animación brasileña. Su autor fue un dibujante y caricaturista Álvaro Marins, popularmente conocido como “Seth”, que trabajó para periódicos tales como “A Noite” y “Seleta”. Tenía solo 26 años cuando terminó esta película.

En la cinta, el líder alemán Guillermo II se sienta en frente de un globo terráqueo y coloca su casco sobre el mismo, haciendo una clara alusión a su control del mundo, en una época de serios conflictos bélicos en Europa. El mundo, en tanto, crece y envuelve a los propios militares. El cortometraje, que es en blanco y negro y con un trazo que se aproxima mucho a su trabajo como diseñador, fue perdido por una falta de preocupación en su preservación, y hoy no existe una copia de esa obra. El único registro conocido es una imagen en referencia a la película, que fue publicada por los periódicos de la época y recuperada tiempo después.

A lo largo de la década que comprende entre 1920 a 1939 otras obras tuvieron el mismo final, por la falta de cuidado con la memoria audiovisual, un tema históricamente muy crítico en Brasil. Entre esos trabajos se encontraban decenas de films publicitarios, además de obras autorales como “As Aventuras de Billie e Bolle” (1918), del paulista Eugênio Fonseca Filho y “Macaco Feio, Macaco Bonito” (1929- 1933), de Luiz Seel, que hace referencia a personajes famosos de ese decenio animado como el Gato Félix, el ratón Mickey y el marinero Popeye. Por suerte este último fue totalmente recuperado por la Cinemateca Brasileña y encontrándose hoy en buenas condiciones de preservación.

A finales de la década de 1930 otro caricaturista famoso de la época, Luis Sá, decide crear una serie de diseños animados con el personaje Virgulino, de su propia autoría. Después de realizar todo el trabajo completamente solo, buscó al gobierno brasileño con las ansias de mostrar su animación a Walt Disney, que estaba de visita en Brasil.

La evaluación del Departamento de Imprenta y Propaganda, que comandaba el gobierno del entonces Presidente Getúlio Vargas, fue que la película no poseía cualidades suficientes para ser exhibida a Disney, y su trabajo acabó siendo tachado.

Desilusionado, Sá vendió su largometraje a una tienda de proyectores, cuyo dueño era descuidado con sus adquisiciones. La obra rayada del artista permaneció perdida durante décadas hasta ser redescubierta por uno de los clientes de la tienda, el animador José Parrot. En avanzado estado de deterioro, el film de 16 milímetros fue recuperado recientemente durante la realización del documental “Luz, Anima, Ação” (2013).

Las dificultades de Anélio Latini Filho no fueron menores en la realización de “Sinfonia Amazônica” (1953), el primer largometraje brasileño de animación. Absolutamente solo, el artista escribió el guion y animó más de medio millón de diseños en la parte posterior de una residencia, en el barrio carioca de Tijuca. Fueron seis años de trabajo ininterrumpido, con un guion que rescataba las leyendas de la selva amazónica a través de los ojos del indio Curumim. La labor que significó realizar este film complicó su estado de salud que, sumado a la falta de apoyo para continuar el proyecto, finalmente abandonó la actividad.

Fue solamente la publicidad, producida casi exclusivamente en Sao Paulo, que hizo de la animación una actividad rentable durante más de medio siglo en Brasil. La llegada de la televisión en los inicios de la década de 1950 aumentó la aparición de los anuncios de productos y servicios, que inicialmente tenía como mayor referencia en la producción de estas piezas al estudio de Guy Lebrum. Francés de nacimiento, este director fue responsable de personajes y jingles memorables de los primeros años de la TV.

En la década siguiente el país estaría encantado una vez más con la publicidad de Lynxfilm, un verdadero estudio de animación fundado por el paulista Ruy Perotti y que ayudó a crear a una nueva generación de artistas. Nombres como Daniel Messias, Walbercy Ribas y Luiz Briquet, hoy consagrados, son frutos de la generación pos- Lynxfilm, que acabarían moviendo a la animación publicitaria brasileña a fines de la década de 1990.

Siguieron los problemas en los cines. Fueron necesarios casi veinte años para que un largometraje fuese nuevamente lanzado en las salas brasileñas, que por esos años ya tenían imágenes en color. “Piconzé” (1971) fue escrito, dirigido y finalizado por el japonés radicado en Brasil Ypê Nakashima, con un ritmo de trabajo que también se prolongó por cerca de cinco años.

En Bahía, Chico Liberato también trabajó de forma artesanal para lanzar “Boi Aruá” (1983), un film con una fuerte influencia de las canciones provenientes de los interiores del norte de Brasil.

Fue la inventiva técnica y artística de los cortometrajes que traerían al país los primeros y más importantes premios internacionales. Los pioneros vendrían del cine experimental de Robert Miller, que tuvo como fuente de inspiración para sus films abstractos la obra de Norman McLaren. Entre las técnicas de animación utilizadas estaba la pintura aplicada directamente a la película, que le traería un galardón del Festival de Cannes en 1958, por su obra “Sound Abstract”.

Casi tres décadas después fue el turno de Marcos Magalhães tras recibir un premio del jurado en el mismo festival, por su cortometraje “Meow” (1981). Este artista fue, inclusive, uno de los principales representantes de una nueva generación de animadores brasileños, surgidos del acuerdo entre el gobierno brasileño y el National Film Board, de Canadá, que proveía cursos e intercambio entre profesionales de ambos países.

Finalmente, el largometraje tuvo a finales de la década de 1980 uno de sus mejores momentos en casi 70 años cuando, por primera vez, Mauricio de Sousa montó un verdadero estudio de producción. Con el éxito que traía el comic, “As Aventuras Da Turma da Mônica” (1983) se tornó un suceso comercial sin precedentes, arrastrando millones de espectadores en las filas de los cines, a través del país entero, lo que estimuló al empresario a que invirtiera en esa área.

El inicio de la década de 1990, en tanto, marcaría una ruptura abrupta en toda esta actividad. Luego de atravesar una situación económica muy difícil, el entonces gobierno del Presidente Fernando Collor cortó todo y cualquier tipo de apoyo gubernamental al cine, que paralizó la producción nacional. En ese momento Otto Guerra surge casi como un símbolo de resistencia y perseverancia al lanzar, justamente en un año donde la producción fue de casi cero, el largometraje “Rock & Hudson” (1992). Con una temática fuerte y controvertida, el film acabó ganando admiradores en el mundo entero y catapultó la carrera de cineasta. Las dificultades continuarían hasta 1994, año de creación de Anima Mundi. El festival, que es hoy uno de los más importantes del género en el mundo, atrajo a un público fiel y apasionado y, más relevante que eso, fomentó la producción de trabajos artísticos y autorales en el país entero, en un proceso que vienen intensificándose continuamente.

En esta última década fueron dados otros pasos importantes. La evolución de la tecnología abarató costos y facilitó la entrada de nuevos profesionales al mercado, así como nuevas escuelas y cursos fueron abiertos en cuatro lugares del país. Diversos profesionales de éxito internacional, como Carlos Saldanha, también atraerán la curiosidad de los más jóvenes.

La economía brasileña alcanzaría un nivel de madurez importante y los incentivos públicos para la producción de contenido aumentarían significativamente. El resultado es una producción a niveles sin precedentes en la historia brasileña, que revela talentos y verdaderas joyas artísticas, como los dos últimos premiados en Annecy. ¡Larga vida a la animación brasileña! SM