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Más de sesenta años de historia preceden a las actuales producciones animadas peruanas. Concebido por el esfuerzo aislado de un artista gráfico en el rubro publicitario, el cine animado peruano pasa hoy por uno de sus más importantes momentos después de haber iniciado, a comienzos del siglo XXI, las primeras experiencias en América hispana con los largometrajes digitales.

El cine animado peruano nace en 1952 como un inesperado pero feliz brote creativo en el panorama de la exigua actividad fílmica nacional de la época. El artista gráfico Rafael Seminario Quiroga será el autor de un corto animado publicitario de cinco minutos, Sorpresas limeñas, que inaugura nuestra producción en dicho género cinematográfico.

La realización de dibujos animados nacionales se daría, desde un primer momento, exclusivamente en el sector publicitario. Diversas empresas, con el fin de promover la venta de sus productos o servicios, encargarían la realización de cortos para cine a realizadores especializados como Seminario o, desde mediados de la década del 50, el argentino Jorge Caro, que trabajarían, con frecuencia, de la mano con las agencias de publicidad.

Ya en la década de los sesenta, habría un desarrollo continuado del cine animado en la televisión nacional. En dicha época, la abundante animación publicitaria televisiva, bajo el formato de la “cuña”, producida en el país sería la respuesta a la gran demanda de los anunciantes por promocionar sus actividades comerciales a través de un nuevo y exitoso medio audiovisual. Al activo trabajo del animador Rafael Seminario, pionero en 1959 de la animación televisiva nacional, se agregaría la labor de realización, siempre en publicidad, de personajes como Carlos Valle en su estudio Valle y Asociados o independientes como Hugo Guevara, Pedro Vivas o el italiano Gianfranco Annichini.

Audiovisual Productions, de Jorge Cohata (con Félix Nakamura como encargado de producción) y Telecine, del francés Henri Aisner y Manuel Valdivieso, serían las compañías audiovisuales que más impulso darían al campo de la animación comercial en el período.

El apoyo del Estado, a través de una ley de promoción cinematográfica (la Ley Nº 19327, promulgada en 1972 durante la dictadura militar de Velasco), posibilitaría desde 1976, con Pacto Andino (de Rafael Seminario), la realización de trabajos de animación más extensos y elaborados, por primera vez de carácter no publicitario.

En todo el tiempo de vigencia de la citada ley se rodarían únicamente cortometrajes (tanto de corte educativo como institucional, de entretenimiento o publicitario), llevándose a cabo, asimismo, los primeros intentos por promover seriamente la enseñanza y crear una industria de la animación a través de productores como el propio Seminario o el Instituto Procesca.

Al lado de la figura del realizador Félix Nakamura, fundamental en la producción y difusión de la animación tanto en el Perú como en Venezuela (Nakamura fue el primer animador peruano en emigrar y ejercer su influencia en un país extranjero), destacan creadores como Fernando Gagliuffi, renombrado cultor del llamado cine animado de autor con Facundo (1976) y La misma vaina (1983), así como Sadi Robles Falcón o Edmundo Vilca, quienes adquieren gran prestigio en el sector de la animación publicitaria.

Veinte años después de promulgada la Ley 19327, las condiciones serían distintas, al reemplazársele por otra (la Ley 26370, que crea CONACINE) que financiaría únicamente las obras ganadoras de un concurso y que no daría los resultados esperados de estimular adecuadamente la actividad cinematográfica. Desde entonces, sólo se vería beneficiada con la norma una cinta animada: el corto Tradiciones peruanas (1998), de Jorge Montalvo, Alfredo Arana y Miguel Bernal.

Los años 80 marcan una renovación en la realización de animación en el país, filmando sus primeras películas el uruguayo afincado en Lima Walter Tournier (director de El cóndor y el zorro en 1980 o de Nuestro pequeño paraíso en 1984), que establece una mayor diversificación en el tratamiento de las áreas técnica y artística.

Por su parte, al lado de la labor creativa y de crítica comprendida en la obra del nacional Nelson García (El Chicle, 1982), destaca la actividad de dos estudios que marcan época en la producción animada, principalmente publicitaria, local: Anivisa, de Pedro Vivas y Antonio Otayza (esta empresa sería luego la primera en ampliar su radio de acción al extranjero abriendo Vivas una sucursal en Bolivia) y Antarki, del notable animador Benicio Vicente Kou, creador también de títulos como Cuniraya Wiracocha (1984) o Animatógrafo (1989).

La gran renovación tecnológica en el área de producción ocurre en los años 90, en que se consolidan, progresivamente, los sistemas digitales, empleados desde la década del ochenta por empresas como Chroma, de Hugo Guevara. Por entonces, aparece una cantidad considerable de empresas audiovisuales que se dedican a elaborar productos tanto en los sistemas de animación en 2D como en los de 3D.

En esta etapa (aún no estudiada del todo), la publicidad continúa siendo el campo en el que más se mueven los productores de animación.

El mayor desarrollo de los recursos de animación por computadora se daría, sin embargo, con el advenimiento del nuevo siglo. La propagación de Internet y la creación de programas más avanzados simplificarían el trabajo de la animación, dando paso a una etapa de auge en los rubros comercial y de entretenimiento, gracias al dedicado esfuerzo de pequeños y grandes productores.

Esta etapa, que se extiende hasta nuestros días, alcanza su momento culminante en el año 2004, luego de haberse lanzado el primer largometraje de animación 2D Al encuentro con Jesús, de Javier Prado y el primer largometraje animado en 3D, Piratas en el Callao, de Eduardo Schuldt, realizado por Alpamayo Entertainment, estudio que, además, inaugura un agresivo y exitoso sistema de marketing aplicado a sus productos fílmicos.

Siguiendo los pasos de esta empresa, artífice de dos largos animados más, Dragones, destino de fuego (Eduardo Schuldt, 2006) y Valentino y el clan del can (David Bisbano, 2008), aparece luego Dolphin Films, de Sergio Bambarén, productora del film en animación 3D El Delfín, dirigida en el 2009 por Eduardo Schuldt.

Mientras que Schuldt sería responsable también de los primeros largometrajes filmados en visión 3D en el Perú: Lars y el misterio del Portal (2011) y Los Ilusionautas (2012), David Bisbano, por su parte, se ocuparía, por esta época, en dirigir un postergado proyecto, estrenado finalmente en 2012: Rodencia y el diente de la princesa.

La animación digital ha ido ganando, con el tiempo, gran importancia como método de realización, dominando hoy, en su mayoría, los esquemas creativos del común de productores peruanos.

Este protagonismo de las nuevas tecnologías en los procesos de producción se da, de manera especial, en una nueva y promisoria generación de jóvenes cortometrajistas, que, por encima de las exigencias de la demanda publicitaria, mantienen vigente la necesidad de investigar y desarrollar sus propias aportaciones creativas para ámbitos como  la animación artística o el video clip.

Figuras con grandes proyecciones de esta generación son Jimy Carhuas y los hermanos Luigi y Mauricio Esparza Santa María, responsables, respectivamente, de dos grandes proyectos en largometraje a ser estrenados próximamente: Nuna y Mochica, la película, cintas cuyas historias rescatan el valioso acervo nacional y que se proponen, a la vez, marcar un referente importante en la historia reciente de nuestro cine animado. SM