“Ñihi”, cortometraje dirigido por Tamara Cruz (México), es una interesante propuesta sobre cómo una emoción puede convertirse en una experiencia sensorial única. Iniciado a fines de 2016, y estrenada su versión final en 2019, esta obra de titulación sigue atrayendo la atención por su propuesta conceptual en la que Moyoi, la protagonista, emprende un viaje cósmico en el que enfrenta sus miedos internos. A tres años de su realización, la directora rememora el proceso de producción y comparte sus reflexiones sobre su primer corto animado.
Este cortometraje estará en exhibición a través de la plataforma chilena Ondamedia, integrando el ciclo titulado “Mitos y leyendas de Latinoamérica,” que estará disponible para el público durante todo el mes de abril.
La luz se hace cálida y el ambiente sofocante: dentro de lo que parece una cueva está Moyoi, una joven con trenzas y expresión afligida, que es perturbada por unas máscaras inquietantes que la empujan, cada vez más, a huir del encierro en el que está. Así comienza “Ñihi” (2019): un cortometraje con una propuesta visual alucinante y un guión más bien introspectivo e interpretativo. El cortometraje sigue el vertiginoso viaje de Moyoi, quien huye de sus miedos pero eventualmente se ve forzada a enfrentarse a ellos.
Este cortometraje fue hecho casi en su totalidad por Tamara Cruz, quien en ese momento estaba graduándose de animación digital en Sae Institute de México; tuvo colaboración para desarrollar el sonido y componer la música, pero la obra en sí misma es de su autoría, y fue la primera oportunidad en que Tamara pudo dirigir e involucrarse en todas las fases de realización desde cero, vale decir guión, arte, montaje, posproducción, además de guiar a las personas que colaboraron en la producción..
“Yo decidí estudiar animación porque tenía esta idea de transmitir mis sueños, tenía ganas de que la gente viera lo que estaba en mi cabeza y cómo yo lo sentía.En ese momento, me manejaba más en una comunicación no verbal, yo me llenaba de emociones y no sabía cómo pasarlas a algo concreto, entonces me ponía a dibujar. Y eso era lo que quería, esto es lo más cercano a la telepatía que puedo tener”. Tamara se crió con sus tres hermanos, recuerda que no veía mucha televisión ya que siempre estaba jugando con ellos, mientras que su padre trabajaba en impresión y diseño, y su madre pintaba en estilo realista como pasatiempo.
Su acercamiento a la animación fue más bien tardío: cuando vio cómo eran las tareas de un amigo suyo que había entrado a estudiar animación se le abrió un mundo nuevo, recuerda, y supo que era la forma de expresión que estaba buscando. Así, en tres años de formación, llegó a desarrollar “Ñihi”, una obra de titulación que cuenta con un concepto bien planteado tanto desde la estética como del sonido y que nace, como todo lo que Tamara hace, desde su emocionalidad.
El cortometraje inicia dentro de un temazcal, que es el nombre que recibe la construcción dentro de la que se realiza un ritual de desintoxicación física y emocional con vapor de hierbas medicinales: el lugar se encuentra cerrado y se añade el vapor echando infusión sobre piedras calientes; la sesión dura aproximadamente una hora, aunque depende de la persona que guíe el temazcal, y suele ser acompañada por cantos.
La directora tomó como punto de inicio la primera vez que fue a un temazcal, cuando tenía 15 años: “Yo tuve asma durante muchos años de mi vida, entonces entrar a esa experiencia sin explicación previa, la sensación de no poder respirar y el calor, yo realmente creí que me iba a morir. Estaba con gente que no conocía entonces tampoco tuve la confianza de salirme, porque podía ser irrespetuoso, tuve que luchar conmigo misma hasta que pude adaptarme y, al final, salió todo bien.”
Años más tarde, cuando Tamara inicia la producción de “Ñihi”, lo hace con la premisa de un cúmulo de situaciones vividas en su juventud que la llevaron a tocar fondo: “Cuando estaba pensando en hacer el corto quise usar esto, dejarlo todo ahí y que fuera la catarsis de esa etapa; , y al tratar de pensar en una situación física en la que yo hubiera atravesado todas esas emociones me acordé del temazcal: como que estaba luchando para salir o encontrar una salida ahí mismo adentro, dentro de mi, no se trataba tanto de salir del lugar físico.”
A partir de ahí, Tamara inició su investigación para retratar el temazcal de la forma más fiel posible, por lo que volvió a buscar la experiencia. En eso, llegó a la localidad de Catemaco, en Veracruz, donde hay una laguna conocida por las historias místicas que se cuentan en aquel lugar y coincidió con una persona que corría un Temazcal, con quien pudo hacer el ritual otra vez y entenderlo desde una perspectiva más personal: para Tamara, fue como un renacimiento, y precisamente ese es el objetivo de entrar al temazcal, por lo que su idea y su sentir calzaba perfecto con el cortometraje.
Respecto a la construcción de guión y storyboard, Tamara explica que tuvo ciertas dificultades dado que tenía muchas ideas de escenas: esto es evidente en el ritmo del cortometraje, en el que Moyoi atraviesa rápidamente distintos estados emocionales, y lo hace a través de fluidas transiciones entre un ambiente y otro.
“Mi problema era que no sabía cómo hilar. Como todo lo hago desde la emoción, desde la entraña, pensaba en esta escena que representaba tal cosa, pero después no sabía cómo pegarla con la anterior y con la que seguía, entonces tuve que sacrificar escenas y agregar otras. Lo que yo quería generar era que fuera mucha información y que se sintiera abrumador, al personaje no le daba tiempo de entender donde estaba y de pronto estaba en otro lado, porque así me sentía yo: apenas pasaba una fase emocional y de repente ya estaba en otra”, reconoce la directora.
Tamara hizo una animación 2D cuadro a cuadro, usando Photoshop y luego Toon Boom, y utilizó 3D y rotoscopia en una escena en la que Moyoi se encuentra sumergida en agua: “Yo quería poner agua pero que se viera distinto, no como el agua normal, y ahí se me ocurrió la idea de meter planos que, en lugar de curvos, fueran más cuadrados, entonces era como un movimiento de agua pero parecen tapetes, un agua cuadrada, quería hacer ese contraste; eso me ayudaron a animarlo en 3D, y luego fui cuadro a cuadro rotoscopeando. La textura del agua se logró unificar con la animación 2D gracias a la posproducción”, explica Tamara.
En general, retrató todo en base a paletas de colores bien definidas: colores muy cálidos al interior del temazcal, azul y verde para el agua, colores en tonos petróleo cuando esa misma agua se transforma en un ente que inmoviliza a Moyoi, y que posteriormente se transforma en las máscaras que la estaban atormentando en un principio.
Tamara dibujó las máscaras una por una, y en su entusiasmo terminó con aproximadamente 30 máscaras distintas: “Busqué referencias de máscaras para inspirarme en formas que podrían tener, pero no traté de representarlas como tradicionales de una cultura prehispánica específica. La verdad me centré más en imaginar cómo se verían ciertas emociones dentro de mí e intentar representar cada una con una máscara”.
No obstante, el cortometraje no sólo se sostiene en su atrapante animación, sino también con la parte sonora, que fue hecha por Jaime Solórzano, Salvador Solís y José Manuel Pérez. La canción principal fue producida digitalmente por Jimmy, mientras que la edición y el diseño de sonido se hicieron con librerías y herramientas digitales. Tamara hizo una edición de referencia junto con una explicación de lo que quería plasmar para guiar a sus colaboradores quienes, según ella, hicieron su magia y crearon exactamente lo que ella quería para su proyecto de título.
El resultado de “Ñihi” es un cortometraje con una estética llamativa y detallada, destacando la variedad de paisajes emocionales por los que circula la protagonista con fluidez, gracias al trabajo de animación desarrollado por Tamara. La obra ha recibido varios premios, y formó parte de la selección oficial de la categoría “Cortometrajes de escuelas Latinoamericanas”, en la edición 2020 del Festival Chilemonos.
“Un aprendizaje que me quedó es ver a la animación más como una herramienta que como un fin, y que si tienes ganas de contar algo, experimentes y lo intentes. Hay ideas que te encienden una llamita dentro pero que técnicamente parece que no son viables para salir a tiempo. Yo creo que esas son las que hay que conservar y buscar la manera de que guíen el proyecto. Al final son las que te generan más sensación de libertad al lograrlas. Y también hay que atreverse a compartir, a mi me cuesta mucho compartir lo que hago, pero es muy hermoso ver lo que hace la gente, es inspirador y lo agradezco”, expresa Tamara, haciendo cuenta de todo el camino para producir “Ñihi”.
Actualmente, Tamara está explorando la animación análoga, específicamente el dibujo con lápices de madera y se ha involucrado en proyectos en los que pueda trabajar con dicho formato; además, está colaborando con amigos para hacer música. “Estoy en preproducción de un corto, que hablará de cómo fue crecer con mis hermanos, tomándolos a ellos como personajes, para conocerlos más, y también para saber cómo fue para ellos crecer conmigo, porque yo sé la experiencia en mi lugar, pero no sé qué personaje soy yo. Entonces estamos en la parte de investigación, preproducción, estoy entrevistándolos de vez en cuando y también tengo la intención de hacerlo con colores de madera”, cuenta sobre su trabajo actual. SM
